—Con permiso —digo, apenas me escucho.
Lo peor no ha pasado, saber que debo volver a la terraza, me pone impotente. Suspiro hondo. En la cocina está Zinnia, mueve con una cuchara grande, una especie de salsa, hasta puedo percibir el olor del tomate. No se sorprende al ver la bandeja, está acostumbrada a observar todo lo que deja nuestro jefe, ahora solo desperdicio.
—Huele bien.
—Gracias, el almuerzo de hoy será tallarines chinos con pollo. Uno de tantos platos favoritos de Silvain. ¿Estás bien? —sus ojos cafés me escrutan, curiosa.
—No, ¿por qué? Y debo volver.
—Parece que te sucede algo, solo son cosas mías —hacen un ademán de...