Es hora de asearme, no soporto sentirme así de sucia. Realmente apesto. Es increíble que en casa no haya tina, aquí que solo soy una simple sirvienta dispongo de una. Una parte de mi cree, que es lo justo luego de trabajar tanto, que lo mínimo es un momento de relax en la bañera. Y disfruto de uno ahora, un baño espumoso, casi irreal. Cierro los ojos, me dejo llevar. Mi piel no se reprime, mis labios tampoco. He pasado un rato así, en la misma posición, hasta sentir que estoy siendo observada, abro los ojos de golpe. No hay nada, es solo mi cabeza direccionada a la paranoia.
Ya es suficiente, después de quitarme el jabón, me envuelvo en una toalla y camino hasta la habitación. Tendré en cuenta traer ropa mañana, hoy debo ponerme el mismo vaquero Sliq y la sudadera. Lo más incómodo es que no usaré ropa interior. Ni modo.
Seco mi cabello mojado, ha quedado un poco húmedo, lo dejo suelto para que pueda terminar de secarse con naturalidad. El uniforme que me he quitado lo llevo al cuarto de lavado, de eso se encarga Camila, me ha dicho Génesis.
Al salir me topo a la mencionada, trae una enorme cara de cansancio.
—Aún no termino —explica porque la he estudiado al ver que sigue con el uniforme puesto —. Y Silvain te espera en su oficina. Suerte.
Asiento dedicándole una sonrisa forzada.
Aspiro su aprobación, pero es un hombre tan complicado que no sé si logre ser la idónea. Pronto me dirijo a su despacho, latidos disparados, temblor en las piernas. Estoy nerviosa, quiero ser la elegida. No tengo opción, necesito el trabajo para poder sostenernos a mamá y a mí. Puedo sentir comos mis ojos empiezan a lagrimear. Debo confiar en mí, en lo que he hecho, y no esperar lo peor que puede ser su negación.
A diferencia de ayer, toco con mis nudillos, debo hacerlo dos veces porque no recibo contesta de su parte. Al tercer toqueteo escucho su voz grave permitiendo mi entrada. Una bocanada de aire atrapo antes de meterme a la oficina. Ya mis ojos no estudian a profundidad el lugar, lo he hecho ayer, ya me veo un poco familiarizada, menos con el dueño de todo eso que ya me escrudiña de esa manera absorbente.
—Siéntate —da la orden, me siento en la silla que ha señalado —. Aquí tienes el documento, léelo y fírmalo.
—¿Significa que le da el visto bueno a mi trabajo? —le pregunto, es un reto verle a los ojos por más de cinco segundos, finalmente aparto la vista de su mirada. No puedo con tanto poder.
—Quiere decir que no está nada mal lo que has hecho.
Para mí, su respuesta es que hice algo regular. Ni bueno ni malo, está en el punto medio. Y no, no estoy conforme, porque sé que merezco un elogio, me he esforzado bastante. Me abstengo, al menos me da el contrato.
—Bien.
—Puedes leerlo en tu habitación, no hay problema.
—No, gracias, creo que está todo bien. —admito, me da pereza leer tantas hojas, sí, amo leer, pero esto es demasiado.
Ya con saber mi salario, que es el doble de lo que necesitaba, me siento bien.
—No quiero quejas luego.
Lo miro. Ha centrelazado los dedos, me estudia, sus cejas altas, ojos que perforan. No puedo pensar con claridad. Me pone todo cuesta arriba.
—¿Me presta un bolígrafo? —quiero saber.
Él me pasa un plumín, el objeto es hermoso, dorado y lleva su nombre. ¿Es en serio? Sí, lo detallo con disimulo, ahí está su nombre y apellido abarcando la extensión del mismo.
Sin más empiezo a firmar en las partes que se me indica. Y al terminar le devuelvo el objeto elegante. Lo toma dejándolo sobre el escritorio. Supongo que debo retirarme, antes de ser corrida por él, cosa que ayer hizo.
—¿Puedo llevármelo?
—No, te daré una copia mañana —explica, y solo asiento.
—En ese caso, saldré, gracias por todo.
—Espera.
Me detengo. No me queda de otra que permanecer más tiempo ahí. Algo que no me hace bien. Su sola presencia me bate como el viento a una hoja. Y él es una especie de tornado, el ciclón que no solo deshoja al árbol, sino también quiebra sus ramas.
—Dígame, señor De Castelbajac.
—Los empleados pueden quedarse a dormir, eso les ayuda, sobre todo a evitar retrasos. —expresa, es una indirecta que va en forma de flecha clavándose en mí.
—M- mamá me espera en casa, debo irme...
No dice nada, así que salgo de su oficina.
***
¿Qué Demonios Pasa Con Mi Jefe?
Llego a casa cuando la noche ya ha caído. Toco el timbre en la entrada, no debí olvidar las llaves en mi habitación. Ahora tengo que esperar a mamá. Para mi sorpresa no es su rostro el que veo cuando la puerta cede, es Mila.
Chilla al verme y me da su abrazo efusivo que me contagia de alegría. De seguro ha venido a hablar con mamá, lo que me parece emocionante. Le hace bien a mi progenitora socializar, volver a eso que solía, antes de todo el infierno.
—Oh, preciosa, estoy feliz por ti. ¿Cómo te ha ido?
—Imagino que ya mamá te ha puesto al corriente de todo. Y sí, ha sido un día duro, pero ya firmé el contrato, el salario es más de lo que esperaba. Podré pagar varias deudas, a ti —informo.
—Lo que me debes, tranquila, no quiero que me devuelvas un solo centavo. Lo importante es que ustedes tengan lo básico en casa, también luz y agua. Por eso, ya he pagado el servicio, y compré unas cosas. ¿Por qué no me dijiste que no había comida? —cuestiona.
—Porque ya has hecho mucho por nosotras, además te debo —explico avergonzada.
Niega en desacuerdo.
—Nada de eso, siempre puedes acudir a mí, te ayudaré. —insiste.
Mila solo tiene veintiocho años, pero su alma bondadosa es la de alguien mayor. Siempre desea tender la mano. Ya lo ha hecho por mí tantas veces que perdí la cuenta. Es generosa en demasía; vive sola, sé que es hija de personas adineradas, en la actualidad estudia en la universidad de Columbia. El dinero no es un problema para ella, viene de sus padres un flujo exorbitante, me ha contado. Que sea de una clase social tan elevada, y aún conserve humildad, es un rasgo que merece elogio.
—Gracias, Mila.
Pasa un brazo sobre mis hombros, cariñosa. Nos dirigimos al interior de la casa.