—¿Te pago para que hables, Viscardi? —cuestiona rudo, involucrándome en algo que no es cierto, sí, he cruzado unas palabras con su amiguito, pero también realicé mi trabajo y antes de las cinco.
—Oye, Silvain, ella... —se levanta Gaspard y se aproxima a ambos.
—No te metas, Lebrun, es mi empleada.
—Mira a tu alrededor, ha hecho su trabajo —le dice.
Idiotizada, con un gigantesco nudo entrelazado en medio de la garganta, no digo nada. No puedo ante el rugido de esa bestia, anunciando el arañazo.
—No me interesa, no le pago para que tenga una conversación amena. Sal de mi vista —se dirige a mí, molesto, empiezo la huida...