—Te voy a ayudar. Te lo prometo.
Estábamos acostados en la cama de Joel, cara a cara, lo suficientemente cerca como para tocarnos, pero sin hacerlo. Parecía que ninguno de los dos tenía intenciones de dormir esa noche porque, aunque “nos habíamos ido a la cama”, aún no habíamos pegado un ojo.
No lo pensé mucho antes de aceptar su propuesta de dormir juntos, simplemente tomé su mano, y en el fondo me alegré de haberlo hecho. Hace una semana, definitivamente no me habría sentido cómoda acostándome en la cama de otro hombre, pero ahora no me sentía incómoda ni rara.
No se sentía como estar con Humberto. Era diferente....