—Entonces, me estás diciendo que mientras ella se prepara para sus exámenes, tú eres mi chofer personal y hasta me traes comida del autoservicio —apoyé la cabeza en el respaldo del asiento y lo miré. Él ya me estaba mirando.
—Supongo que sí —respondió.
Lo miré directamente a los ojos. Esos ojos azules que ahora no mostraban ni rastro de humor. Ya no. Nos quedamos viéndonos quién sabe cuánto tiempo, olvidando la comida que todavía teníamos en el regazo, olvidando todo, en realidad.
Y entonces, un pensamiento traidor cruzó mi mente. ¿Cómo se sentiría si simplemente me inclinara y lo besara? ¿A qué sabrían sus labios? ¿Tendrían ese sabor a...