—Ella dice que es mío, pero no lo creo.
***
En un instante, Humberto estaba frente a mí y yo lo miraba, perdida en sus ojos verdes. Esos ojos, atormentados, recorrían mi rostro varias veces.
Apretaba el edredón contra mi pecho, consciente de la proximidad entre nuestros cuerpos y de la forma tóxica en que reaccionaríamos el uno al otro. Estando yo desnuda bajo las sábanas y él cubierto apenas por una toalla raída, no ayudaba en nada.
Los ojos de Humberto se fijaron en mi mano, que aún sostenía su teléfono. Se inclinó lentamente y lo retiró de mi oído. Lo solté y observé cómo se lo llevaba a...