Abrí la boca para decir algo, lo que fuera, pero la cerré. Quería decirle que después de mucho deliberar y debatir conmigo misma, había llegado a la decisión de que intentaría ser su novia, pero las palabras se atoraron en mi garganta.
En su lugar, solo asentí como una tonta.
Humberto se inclinó hacia adelante y me dio un beso en la mejilla. Sentí cómo mis mejillas ardían y no pude evitar que mi mandíbula se quedara colgando. —Eso definitivamente no es lo que hacen los amigos.
Él sonrió y lanzó sus brazos hacia los lados, como si abrazara el mundo, y me guiñó un ojo. —Lo sé —dijo, y...