—Yo… Yo debería irme ya. Disculpe, joven señor. Lamento mucho interrumpirlo a usted y a la señorita Vargas. —Karina escuchó a la sirvienta explicando apresuradamente, mientras sus pasos se alejaban.
—Oye, no es así. —Karina corrió hacia la puerta, queriendo aclarar la situación. Sin embargo, al abrir la puerta, no vio a nadie en el pasillo, como si todo hubiera sido solo una ilusión suya.
Quiso llorar, pero no logró soltar ni una lágrima. Ahora parecía que no podría aclarar el malentendido.
—¿Todos los sirvientes de tu casa siempre aparecen de la nada? —miró a Gaspar con amargura.
Gaspar no entendió. La miró frunciendo el ceño.
—¿Qué pasa?
—Olvídalo. Nada....