Corrí hacia casa, con las lágrimas corriendo por mi rostro. Necesitaba llegar a casa; necesitaba a mis padres. El vínculo me hacía sentir cosas que no sabía cómo manejar. Quería destrozarle la garganta cuando se llamó a sí misma su mate. Nunca había sido violenta o celosa, pero últimamente, eso es lo único que pasaba por mi mente.
Giré en una esquina y choqué con alguien, lo que me hizo caer hacia atrás.
—¡Mierda, Ayla, estás bien? —preguntó Mateo, apresurándose hacia mí—. ¡Mila, ella está aquí! —gritó sobre su hombro.
—S-siento... —jadeé.
—No, no te sientas mal. Está bien —me consoló. Me rodeó con el brazo por la cintura y...