—Yo… tú —balbuceé de nuevo.
—Bueno, si esto no es una sorpresa agradable… hermana —sonrió con una mueca.
—¿Eres un lobo? —me quedé boquiabierta.
De entre todos los que esperaba que salieran de los árboles… Ezra no era uno de ellos.
—Y tú también lo eres —puso los ojos en blanco—. No sentí a tu loba. Aún no la siento —añadió.
—Yo tampoco sentí la tuya —repliqué. Él soltó una risa—. Touché.
Se apoyó contra un árbol y cruzó los brazos.
—Entonces, dijiste que me conocías por mi apellido. ¿Por qué te sorprendió tanto verme en forma de lobo? —pregunté, desconcertada.
Volvió a reír.
—Fuimos a la misma escuela —bajó...