En algún momento de la noche nos transformamos de nuevo. Así que ya no siento el calor de estar encerrada en mi lobo. Mis dientes castañeteaban, así que acerqué mis rodillas a mi pecho e intenté calentarme.
—Tal vez deberíamos regresar —gimió Aurora.
—No, ellos no están a salvo —murmuré.
—Vas a enfermarte, Amaris —me reprendió.
Bostecé y me incorporé. Una rama se rompió en la distancia y me congelé. Como no tengo idea de dónde estoy, podría ser cualquiera.
Con lentitud y silencio, salí de puntillas de la cueva. Escaneé el área, pero no vi a nadie. Como aún tengo mi collar, nadie puede sentirme. Olfateé el aire y...