—Cariño, ya estamos en casa —susurró Dom antes de darme un suave beso en los labios. Abrí los ojos y suspiré. No recuerdo haber regresado al auto ni a la manada. Simplemente he bloqueado todo, me duele la cabeza. Todo lo que quiero hacer es dormir.
—Necesito hablar con los miembros de la manada que trajimos de vuelta, ¿quieres venir o subir a nuestra habitación? —preguntó, manteniendo una mano en mi rostro. Le sonreí.
—¿Qué?
—Dijiste —nuestra habitación— —se rió.
—Podría ser, iré allí más tarde —se encogió de hombros.
—Sí, sí, lo harás —me quejé.
—¿No puedes venir ahora? —sonreí con picardía.
Él sacudió la cabeza.
—Has tenido unas...