Me dirigí hacia el pequeño café. Abrí la puerta y me golpeó el olor a lobos. Me acerqué al mostrador y una mujer pequeña me sonrió dulcemente antes de arrugar la nariz y levantar la ceja al mirarme. —No eres de por aquí, ¿verdad, jovencito?— preguntó, su voz sonaba sin convicción, parecía realmente curiosa. Negué con la cabeza y sonreí. Estaba casi seguro de que podía ver la herida sobre mi ojo, no había duda de que podía oler la sangre.
—Busco un lugar— empecé, pero me interrumpió al entregarme un menú y señalar una mesa. —Ve a sentarte, come algo por nuestra cuenta y luego continúa tu viaje— sonrió....