—¡Lo sabía, maldita sea! —exclamó Dom. —¿A dónde vas? —demandó, cruzando los brazos sobre su pecho.
—De vuelta— me interrumpió el portazo.
—No vas a volver allí —me reprendió.
Eché la cabeza hacia atrás riendo.
—No me hables como si fuera un cachorro —le respondí.
—Entonces deja de actuar como uno —se enfureció, levantando las manos al aire.
—Que te jodan, Domingo —le solté, mirándolo con desprecio.
Él levantó una ceja hacia mí.
—¿De verdad? —se rió con tono oscuro. —Si regresas allí, te van a matar. Lo sabes, ¿verdad? —dijo sin expresión.
Suspiré con frustración.
—Es mejor que poneros a todos en peligro —grité.
Él se acercó a mí...