—¡Amaris, no puedes caminar por ahí con los ojos rojos! —gritó Lucas mientras salía de la oficina. Rodé los ojos y seguí caminando, con Lucas pisándome los talones.
—¿Por qué no? Son parte de mí. —Me encogí de hombros.
Llegué a la cima de las escaleras y me volví para enfrentar a Lucas.
—La gente tendrá miedo. Acabas de decirles sobre tu lobo y andar por ahí con los ojos rojos va a causar problemas innecesarios. —murmuró.
Lo miré con desdén y él se encogió un poco.
—Entonces me encerraré en mi habitación o tal vez volveré a Canadá. —repliqué, molesta.
No entiendo cuál es su problema. Soy una Loba...