Eva
Después de un momento, Héctor pregunta con voz áspera y gruesa:
—¿Qué diablos está pasando?
—Nada. Tengo que ir a trabajar. —Cruzo los brazos sobre mi pecho para ocultar mis manos que no dejan de moverse.
—Mentira. —Héctor da un paso hacia mí, y mi corazón late desbocado en el pecho.
—No es mentira.
—Entonces, ¿por qué no me miras?
—Lo estoy—, dije frustrado.
—Me miras el pecho, me miras a los ojos—.
El loco estúpido sabía que no podía hacer eso. No puedo mirar a los ojos de los demás y mentir. Esta es una historia que aprendió hace diez años como mi mejor amigo.
—No lo haré—,...