Bajé del auto para enfrentar a mi compañero, quien iba acompañado de sus tres hermanos, que estaban de pie, muy cerca a sus espaldas; haciendo que toda la gloria brillara sobre él. El alfa Edward me miró enojado, y yo decidí no decir ni una sola palabra hasta que él se decidiera a hablar.
“¿Por qué dejaste sola a la manada?”.
“Tenía algunos asuntos qué resolver fuera”, respondí y cerré los ojos por un momento, me di cuenta de que había hablado en un tono muy resentido.
“¡Deberías haberle avisado a alguien!”, gritó molesto.
“¿A quién?”.
“Bueno, bueno, ya fue suficiente”. Jamal se acercó a mí y me saludó, dándome...