Los pies están matándome. Son más de las once cuando un borracho hace su camino hasta la barra.
—Hola, preciosa—dice en voz cantarina.
—¿Qué te sirvo?
—Un brandy.
Asiento y lo sirvo. Pienso que se va a ir, pero se sienta en un taburete libre de la barra.
Volteo y me encuentro con el hombre que llego más temprano y hablaba con Susan, Hunter. El hombre, a su lado, es alto, delgado, con rasgos asiáticos. Su cabello largo y sus ojos oscuros lo observan todo. Lleva un traje gris, sin corbata, dándole un aspecto más informal.
Se presentó como David.
Parecen relajados, pero sé que vigilan el lugar.
También, noto...