Verla temblar sobre la tarima, aun con el consolador incrustado en su vagina, sobre un charco de líquido espeso y blanquecino y sus manos apretujando sus senos despertó en Dante un animal con hambre descomunal y no esperó un segundo para ponerse de pie, tomar el mando de aquel aparato y moverlo con total rapidez dentro y fuera de ella.
Aby, que todavía seguía repitiendo la sensación placentera del clímax alcanzado, vuelve a sacudirse con fuerza cuando él irrumpe con movimientos agresivos y suma sus labios, puesto que encierra su clítoris con los mismos haciendo que la zona quede considerablemente sensible.
—¡Dios, Dante!
Su vos se escucha grave, entre tanto...