—No voy a llorar. No voy a llorar —se repetía mientras se miraba al espejo y se ataba el pelo en una cola alta. Una vez que termina de hacerlo, apoya sus manos en el lavamanos y cierra los ojos con fuerza tratando de reprimir esa lágrima que se empeña en querer salir, pero es en vano porque tan pronto abre sus ojos, y mira si reflejo a través del espejo no puede evitar largarse a llorar como una estúpida y lamentarse—: ¿Siempre va a hacer así? ¿Por qué no podemos tener una vida normal como todas las parejas? Al final, Verónica tiene razón. Somos muy diferentes.
Antes de que...