Chapter 1 Noche de compromiso

Chapter 1 Noche de compromiso

Phoenix, Arizona, Estados Unidos.

Daniel lanzó su cabeza hacia a atrás mientras que su mano descansaba en la cabeza de la mujer de entre sus piernas, los labios hinchados de ella, se deslizaron hacia a arriba y hacia abajo, él no pudo evitar no mover su pelvis para controlar el movimiento.

— ¿Hasta dónde puedes alojarlo, traviesa? —Daniel gruñó entre dientes. La mujer se detuvo con el miembro bien erecto de él dentro de su boca, apenas una sonrisa desafiante apareció en su rostro, poco a poco, sin cerrar los ojos, se inclinó para alojar el duro miembro de él hasta muy adentro, Daniel arqueó una ceja, luego sonrió al ver que los ojos de ella se cristalizaron, señal de que estaba llegando a su límite. La pelvis de Daniel cobró vida, levantando y así haciendo que la rubia que estaba frente a él, terminara su hazaña. Se retiró lentamente el miembro, recorriendo con la lengua todo el tronco lleno de venas, hasta llegar a la punta, había fluido pre—seminal saliendo, la rubia chupó con rudeza, provocando esa reacción que tanto le encantaba a Daniel sentir, de un movimiento, la levantó y la sentó encima de él y entró en su interior de una estocada, ella soltó un jadeo de sorpresa a su fuerza, a su brusquedad, a su calentura tan primitiva y eso la estaba volviendo loca de deseo.

—Así, muévete más…—Daniel exigió con ímpetu, los pechos bailaban al ritmo de cada movimiento, gruñó al sentir que estaba a punto de venirse. —Su puta madre, su puta madre…—dijo entre dientes. —Su…—la mujer llegó a su orgasmo al mismo tiempo que él. —Su puta madre, que exquisitez…—el movimiento se fue haciendo más y más lento, las manos de él, las tenía casi incrustadas en la piel de las caderas de la mujer, por un momento pensó que quedarían marcas, eso no le gustaba hacer ni ver en una mujer, se soltó lentamente hasta que la mujer se quedó recargada todo su peso contra el cuerpo de él. Ambos jadeaban, en el ambiente se olía el sexo y el sudor de ambos cuerpos.

La habitación era oscura, paredes grises, mezclados con el negro, muebles minimalistas, el sillón de cuero negro adornaba al pie de la cama, la rubia finalmente se separó, dejando a primera vista sus grandes pechos.

—Eso ha estado de poca madre. ¿Quieres otro round, mexicano? —Daniel le hizo una seña de que se retirara, estaban pegajosos de tanto coger por toda la habitación. Ella se retiró y se pasó una mano de manera provocadora por su sexo húmedo para llevar ese jugo a sus pechos y embarrarlo en su estómago.

—Lávate. —le exigió, ella arqueó una ceja.

—Estoy limpia. —le susurró de manera seductora.

—No lo estás para mí, así que metete al puto baño a bañarte. —la mujer soltó un largo suspiro.

—Bien. No te enojes, mexicano. —al pasar, por un lado, este le soltó una palmada en su trasero, ella brincó y soltó una risa, con ese gesto de parte de él, era señal de que su mal humor había desaparecido, seguirían cogiendo por toda la habitación, el mexicano no se saciaba.

Daniel se levantó del sillón, retiró la toalla dónde estaba sentado, la lanzó al suelo, luego caminó desnudo hasta la terraza, había una regadera privada, ahí mismo se dio una ducha rápida, ya había pasado el efecto del clímax número seis, el agua cayó por su espalda, por aquellas cicatrices que tenía, se lavó con jabón y levantó su rostro hacia a arriba, disfrutando el agua, escuchó su celular a lo lejos.

—Ya van a empezar a chingar. —gruñó, salió de la regadera, escurriendo el agua por todo el piso de la habitación, buscó en su americana el celular, al ver la pantalla, era de su padre, deslizó el botón para contestar. —Dime, padre.

— ¿Dónde chingadas andas? —su padre sonó demasiado molesto, Daniel se pasó una mano para retirarse el cabello de su frente que escurría.

—Ocupado.

— ¿Qué tan ocupado como para no llegar a tu cena de compromiso, hijo de tu chingada madre? —dijo irónico su padre del otro lado de la línea, Daniel se le había ido el tiempo cogiendo con la rubia, se pasó una mano por su rostro. — ¿Entonces? —exigió una respuesta el señor García.

—Ya voy. —el señor García cortó. Daniel miró la pantalla de su celular para confirmar si había cortado la llamada. —Chingado. Se me había olvida la puta cena.

—Estoy lista, mexicano. —ronroneó la rubia desnuda detrás de él, Daniel se giró y la vio, soltó un suspiro.

—Cambio de planes. Me largo, toma tu ropa, vístete y el chófer te llevará a tu departamento. —la rubia alzó sus cejas.

— ¿Tan rápido se termina la diversión? —la rubia acarició la parte detrás del brazo izquierdo de Daniel, sus dedos acariciaron el tatuaje de la rosa de los vientos, (Una brújula en forma de estrella de ocho picos, representaba el amor por el mar y los viajes, Daniel la usaba también como una metáfora es la que une este símbolo con la búsqueda de nuestro camino en la vida)

Daniel retrocedió para que dejara de tocarlo.

—Tengo una cena. —él se dirigió a su armario y buscó algo para ponerse entre su extenso surtido de ropa de marca, debajo, una fila perfecta de zapatos, así como un estante con corbatas y otras cosas, parecía una tienda departamental de lujos.

— ¿Y si te espero? —Daniel se giró hacia la rubia.

—Sabes bien que, si yo no te lo pido, es señal de que no necesito de ti, —la rubia se ruborizó.

—Sí, lo siento. Me marcho. —la mujer desapareció, Daniel siguió buscando ropa para su cena de compromiso. Torció sus labios en desaprobación, esta noche vería a Carolina Beltrán, la hija del padrino, socio y mejor amigo de su padre, quién solo la había visto en dos ocasiones y eso fue hace dos años atrás, había aceptado casarse con la hija en un futuro, por aprecio a su padrino y por qué su padre lo exigió y al final amenazó, diciéndole todas las ventajas del matrimonio entre ambos, su padre pensando que así dejaría de andar cogiendo con todo medio mundo, que sentaría cabeza y le daría nietos, muchos nietos que pudiesen seguir el legado de las dos familias.

Había autos ocupando el estacionamiento privado de la mansión Beltrán, Daniel se estacionó en su espacio reservado cuando viene a visita, el hombre vestido de traje de pingüino, acepto las llaves del jaguar.

—Señor García, lo esperan. —se escuchó música a lo lejos, suponiendo que la cena, no era realmente una cena, a su padrino Héctor Beltrán le encantaba las fiestas, presumir su dinero y todo lo que podía comprar con él.

Daniel entró y en el recibidor se encontró con el asistente de su padre.

—Daniel, tu padre está emputado, ¿Ya te fijaste la hora que es? Deja tú lo emputado, Carolina está que ni la calienta el desierto de Sonora ni el Sahara.

Daniel presionó sus labios con dureza, metió sus manos en los bolsillos de su pantalón de vestir e intentó lucir despreocupado.

—Me importa más como está mi padre.

—Pues es quien de menos deberías de preocuparte. —escuchó la voz femenina a su lado, este giró su rostro y se encontró con una hermosa mujer de pelo negro, piel morena, clara y vestida en un vestido veraniego, color blanco, de tirantes delgados, mostrando un poco la abertura de sus pechos. Daniel se lamió los labios, pero recordó quien era la mujer.

—Carolina. —dijo Daniel en tono de saludo demasiado frío.

—Daniel. —regresó el saludo del mismo modo, ella notó la corbata mal hecha, eso le hizo estresarse más, había pasado el peor día de su vida organizando con su padre la fiesta de compromiso para que Daniel llegara bastante tarde.

—Dos años sin verte. —dijo él, desviando la mirada a su vestido.

— ¿Si? No parece…—se acercó para acomodar la corbata, pero Daniel fue rápido, atrapando su muñeca con brusquedad, Carolina se asustó a su fuerza con la que apretaba.

—No me toques. ¿Estamos? —dijo apretando con dureza la mandíbula.

Daniel esperó que esta se asustara, pero en sus ojos aceitunados se encontró con algo sorprendente. Carolina se soltó del agarre, ignoró la mirada de advertencia de él, atrapó la corbata y acomodó el nudo, sin importarle la tensión de él.

—Dejemos las cosas claras, esto no me agrada para nada como a ti, no me interesa…—apretó el nudo del cuello, haciendo que Daniel llevara su mano para aflojarlo, pero Carolina lo impidió. —…ser la esposa de un hombre al que apodan “El mexicano” no solo por ser un mujeriego, adicto al juego y al sexo, quien es un déspota, un egoísta y un hijo de puta, pero… ¿Qué crees? Tenemos que hacerlo, por qué esto tiene ventajas, para ti y como para mí. Así que, si me vuelves a tratar mal, voy a quebrarte cada puto dedo de cada mano, —Carolina sonrió al ver el gesto atónito de Daniel—…tanto te voy a chingar que no podrás jugar apuestas y ni coger por el resto de tu puta vida… ¿Estamos?

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