Las grullas de papel, desvanecidas y arrugadas, se esparcían por el suelo como desechos de un sueño roto. El rostro de Araceli se tornó de un blanco alarmante, sus labios temblaban mientras se agachaba abruptamente, murmurando para sí misma:
—¿Cómo... cómo se rompió?—
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y, con preocupación, le pregunté:
—¿Estás bien?—
Ella no respondió. Sus ojos permanecían fijos en los cristales rotos, mientras la sangre de un corte reciente se mezclaba con el suelo. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta del estudio se abrió de golpe.
Javier apareció, su rostro se oscureció al ver la escena. Se apresuró hacia Araceli con una urgencia suave, ayudándola...