El silencio los invadió en cuanto abrazaron el éxtasis y terminaron abrazados con sus ojos cerrados tranquilos oyendo los latidos del corazón del otro.
Santino no dejaba de acariciar su hombro y de vez en cuando jugar con los mechones de su cabello. También, gustaba de acariciar con la yema de sus dedos su rostro y al llegar a sus labios los delineada con tanta dulzura que los nervios hacían que ella contuviera la sonrisa.
- ¿por qué quieres reírte? – susurra tan bajo que cualquiera pensaría que no quiere que lo escuchen puertas afuera.
Ella solo abrió sus ojos y se le quedó mirando. No quedaba nada de aquel...