Esa noche, el dolor fue peor que cuando tenía diez años. Luis, ahora un adolescente fuerte, sabía muy bien cómo hacerme sufrir. Al final, me sujetó con fuerza, tirando de mi cabello, y me susurró al oído que nunca, en toda mi vida, lograría escapar de él.
Por suerte, las clases terminaron al día siguiente y pude arreglarme sin que Borja notara mi miseria.
Estoy segura de que mi madre y Liliana sabían lo que me había pasado, pero ninguna de ellas llamó a mi puerta. Claro, llevan la misma sangre.
Solo yo, soy la excepción.
Miro las cicatrices tenues en mis muñecas, recuerdo que quedaron de mi intento a...