Alba en su lecho también lloraba, no lograba sacar de su alma toda la amargura y resentimiento que había acumulado durante esos cinco años, pero lo que en realidad le atormentaba era el hecho de que se había jurado que nunca más volvería a caer en las trampas de Santiago, ya no creía en el amor, ni en ningún hombre.
Tres golpes secos alertaron a Alba, quien con temor se puso de pie y fue hasta la puerta.
-¿Quién?
Nadie le dio respuesta, pensó entonces que se habían equivocado, cuando se disponía a regresar a la cama, insistieron.
-¿Quién es? -inquirió con la voz llena de enojo.
-¡Santiago! -exclamó con...