Chapter 5 Capítulo 1 Mi ser te anhela.

Chapter 5 Capítulo 1 Mi ser te anhela.

Jackson Heights- New- York, Usa. 

Cuando todo comenzó: Un año y dos meses antes. 

Alba apagó con molestia su despertador, deseando dormir un par de minutos más, pero era imposible. Emitió un bostezo, aún adormecida debido a que la noche anterior trabajó hasta la madrugada en un proyecto de la universidad. 

Para quitarse la pereza se puso de pie, y caminó en dirección al cuarto de baño, con la finalidad de darse una ducha, mientras el agua recorría por su delicada y delgada figura, la imagen de su amor imposible se le vino a la memoria: «Santiago Vidal» susurró su mente, entonces cerró sus párpados y lo visualizó. Suspiró, al rememorar aquellos ojos azules color del cielo, su rostro cuadrado de piel blanca, su nariz respingada, y esa sonrisa seductora que dejaba a más de una sin aliento. 

El timbre del apartamento, la hizo salir de su ensoñación, se llevó la mano a la frente al recordar, lo tarde que era, y que, si no llegaba a tiempo, se iba a perder la primera hora de clase, y lo más importante la exposición de Macroeconomía. Salió de la ducha, envuelta en una toalla. 

—Dame un minuto Angélica —solicitó al mirar por la rejilla de la puerta a su mejor amiga. 

—Si llegamos tarde, tú haces sola la siguiente tarea —advirtió la joven, afuera del departamento. 

Alba, enseguida se colocó sus viejos jeans, una camiseta rosa, y se calzó sus tenis envejecidos que el día anterior los lavó. Ladeó los labios al percatarse de lo mal que se veían sus zapatos. Suspiró resignada, comprendiendo que jamás encajaría en ese mundo lleno de opulencia que la rodeaba, sin embargo, no podía perder la beca en esa exclusiva universidad, su sueño de ser economista, no se iba a ver truncado, por nada, ni nadie. Salió con prisa de la alcoba, mientras cepillaba su oscura y larga melena. Sonrió con ternura al ver que su tía, a pesar de ser una mujer muy estricta le había dejado preparado el desayuno. 

—Eres sensacional —susurró, llevándose a la boca un pedazo de arepa. La mirada de la joven entristeció al divisar el retrato de su madre que reposaba en un antiguo portarretrato en una mesa de la sala—. Espero conseguir un buen empleo, y traerte a vivir conmigo —habló con la fotografía de su mamá, quien residía en Caracas, cogió su bolso, sus libros, las llaves y salió del apartamento, para junto a Angélica, correr a tomar el tren. 

****

Manhattan- New York, Usa.

Santiago Vidal, acompañado de su galante mejor amigo: Joaquín Duque, se abrieron paso en medio del pasillo en dirección al aula de clases, saludaron sonrientes a las chicas que coqueteaban con ellos.  Antes de ingresar al salón se dirigieron al baño.

—Qué vaina hombre —refutó el joven colombiano—. Con estos trajes, estamos listos para hacer la primera comunión, otra vez. —Carcajeó divertido. 

Santiago ladeó la cabeza, fue inevitable no reír ante las ocurrencias de su compañero. 

—Sabes bien que para estas exposiciones, debemos venir con traje —aclaró—. Por cierto, espero que hayas estudiado tu parte. —Lo miró a través del espejo. 

Joaquín acomodó sus rizos castaños, y luego se arregló la corbata.

—Haré lo que pueda —murmuró observando a su amigo. 

Santiago resopló colocando sus manos en el lavabo. 

—Eres incorregible —reprochó—. Espero que tu papá no se entere de que estás por perder el semestre. 

El chico colombiano colocó su mano en el hombro del joven Vidal.

—No invoques a la mala fortuna —solicitó—. Las amigas con las que salí a noche...—suspiró elevando sus cejas—. Divinas —sonrió. 

El joven Vidal ladeó su cabeza al escucharlo, a veces ni él mismo entendía las razones por las cuales tenía de mejor amigo a un ser tan irresponsable como Joaquín, bufó sin decir más. 

****

Alba, acompañada de su compañera Angélica, llegaron casi corriendo al salón. Se disculparon con el profesor al ingresar cinco minutos tarde, entonces ambas, observaron a Joaquín y Santiago, listos para empezar a exponer su proyecto. 

La joven Rodríguez tomó asiento, al fondo de la clase, suspiró al mirar lo atractivo que se veía Santy, ese día. 

—Cierra la boca —regañó Angélica, sonriendo. 

—¡Cállate! —exclamó Alba, sonrojada. —¿Se nota que me fascina?

La joven Zambrano se llevó la mano a la boca para ahogar las risotadas que estuvieron a punto de salir de sus labios. 

—La próxima vez, tendré que traer conmigo una cubeta. —Carcajeó bajito. 

—Haz silencio —chistó Alba. 

—Señorita Rodríguez, veo que está muy interesada en intervenir en la exposición de los señores Vidal, y Duque —irrumpió el profesor de Macroeconomía. 

Alba enrojeció, conocía las normas de educación, era consciente que era una falta de respeto hablar, mientras sus compañeros exponían, por suerte ella sabía bien cómo salir librada de ese bochornoso asunto. 

—Eh...— pronunció con nerviosismo al esquivar la atenta mirada de Santiago sobre ella—. Solo estaba comentando acerca de la exposición de mis compañeros, y noté un pequeño error. 

Santiago sacudió su cabeza, y ladeó una sonrisa. Incrédulo la observó, pudiendo por primera vez reflejarse en la celestial mirada de ella. 

—Eso es imposible —refutó. 

Alba, con timidez pasó al frente, las piernas le temblaron al estar tan cerca del joven Vidal, con recelo tomó el marcador y empezó a corregir la falla de sus compañeros. 

Santiago, y su amigo Joaquín, hablaban entre ellos, esperando la intervención de Alba.

—Chicos su balanza de pagos tiene una equivocación.  

Santiago la observó, atónito. 

—¿Error? —cuestionó, frunciendo el ceño. 

—¿Cuál es la falla, señorita Rodríguez? —inquirió el docente.

Alba se aclaró la garganta y empezó a disertar sobre todo lo que ella investigó para su tarea, haciéndoles notar que estaba muy bien preparada.

Santiago acariciaba con sus dedos su quijada, ese gesto lo ejecutaba cuando se ponía tenso o nervioso. 

Joaquín se llevaba la mano a la cabeza y se la pasaba por el cabello.

—¡Qué problema, hombre! —exclamó en voz baja el joven colombiano mientras Alba, terminaba de explicarles el error.

—Al elaborar la balanza de pagos, los fletes y los seguros tienen que ser tomados como servicios y no en forma de mercancías —explicó—. Los compañeros contabilizaron esos valores de manera equivocada.

Santiago miraba el pizarrón una y otra vez, deslizaba su mano por el rostro sin comprender, como se le había pasado ese detalle. Observó, perplejo a Alba, ella inclinó la cabeza, y evitó su mirada. 

—Por esa razón señorita Rodríguez, usted es la mejor alumna que tengo —felicitó el profesor—.  Señores Vidal y Duque, para la próxima clase corrigen el error. Eso es todo, hemos terminado.

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