Me quedé apoyada en la pared durante un buen rato. Cuando abrí los ojos, la enfermera ya se había marchado.
Como un alma en pena, obligué a mi cuerpo a moverse hacia el estacionamiento subterráneo.
Justo cuando estaba a punto de subir al coche, escuché la voz de Ramira:
—Juní, ¿crees que el bebé será niño o niña?
—El doctor es tan reservado, no quiso decirnos el sexo.
—¿Qué color de ropa le compramos al bebé?
Junípero le acarició suavemente la nariz a Ramira.
—Compraremos un conjunto de cada color, así podrá elegir lo que quiera ponerse.
Ramira, feliz, recostó la cabeza en el hombro de Junípero.
—Entonces, está decidido, no puedes echarte atrás.
Un sabor amargo subió por mi garganta, y tosiendo fuerte, atraje su atención.
Ramira me miró con una sonrisa en los labios.
—Señora Felipa, cuánto tiempo sin verla.
—¿Qué la trae al hospital? Si está enferma, debe descansar bien.
—No corras el riesgo de enfermarte más por seguir a Juní, incluso si tu cuerpo está enfermo.
Dicho esto, Ramira bajó la cabeza para acariciar su vientre.
Ante esta provocación descarada, ya no pude contenerme.
Avancé hacia Ramira, y con todas mis fuerzas, la arranqué de los brazos de Junípero, propinándole una fuerte bofetada.
En un instante, su mejilla se hinchó, y un fino hilo de sangre asomó por la comisura de sus labios.
El siguiente segundo, Junípero me empujó al suelo.
Me miró con odio.
—Felipa, ¿te has vuelto loca? Si a Rami le pasa algo, te haré pagar con tu vida.
Sus ojos inyectados de sangre y su expresión feroz mostraban que estaba furioso.
Ramira, entre lágrimas, agarró el brazo de Junípero mientras lo suplicaba:
—Juní, no le reproches más a la Señora Felipa. Es mi culpa, ella está enferma y aún así tuvo que venir sola al hospital. Si está molesta conmigo, que se desahogue, pero por favor, no peleen más.
Junípero me lanzó una fría carcajada.
—Mírala, no parece una enferma, sino una buscapleitos.
—Dime lo que tengas que decir y luego lárgate.
Me incorporé lentamente.
—Necesito algo de dinero, un millón.