Veinte años después, nuestra vida había tomado un curso que nunca hubiéramos imaginado. Nuestra hija, Sofía, ya era toda una joven adulta, lista para enfrentar el mundo por sí misma. Había heredado lo mejor de ambos, la inteligencia y la determinación de su padre, y la compasión y la creatividad de su madre.
Sofía se graduó con honores de la universidad, persiguiendo sus pasiones en el campo de las artes visuales. Desde pequeña, había demostrado un talento excepcional para el dibujo y la pintura, y ahora estaba lista para embarcarse en una carrera prometedora como artista.
Eduardo y yo estábamos increíblemente orgullosos de la mujer en la que se había...