El impacto de esa noticia fue aún mayor que el de mi propia muerte.
Vi la reacción inmediata de Luis, y con cierto placer vengativo me acerqué a él, disfrutando de la expresión de dolor que se dibujaba en su rostro, normalmente altivo.
Había imaginado innumerables veces cómo le contaría esto, pero jamás pensé que sería en un escenario tan inolvidable.
Ridículo, ¿verdad?
Había pasado un año y mi familia ni siquiera había notado mi desaparición. Más ridículo aún: fue mi embarazo lo que me condenó a morir congelada en ese almacén.
Y lo más irónico de todo es que mi vida ya estaba hecha pedazos mucho antes de morir....