El ambiente era sofocante.
Ovidio estaba paralizado, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.
—Lo oíste todo.
Respondí con un simple "sí", mirando sus ojos llenos de decepción.
Desesperado, se apresuró a tomarme del brazo, frunciendo el ceño y murmurando:
—Cariño, déjame explicarte.
Solté su mano y le pregunté fríamente:
—¿Explicar qué?
Sonreí con amargura.
—¿Vas a decir que escuché mal por mis problemas de oído?
Parecía querer decir algo, pero no encontraba las palabras.
—Ovidio.
Apenas pronuncié su nombre cuando las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—Jamás imaginé que casarte conmigo fuera algo tan forzado para ti. Aquella noche te salvé porque quise, nunca esperando nada...