Jamás lo había visto tan destrozado. Lloraba desconsolado como un niño pequeño, un crío que necesitaba ser acurrucado, al que le urgía un susurro al oído de que todo estaría bien. Eso quería transmitir la muchacha, apoyo y compañía.
Estaban sobre el suelo, Victoria no lo soltaba. Lo abrazaba con fervor, sin poder contenerse, le lloraba a sus padres, y acompañaba a Rashid en su duelo. Aún así, hacía todo lo posible por dejarle saber palabras de consuelo, que de seguro le urgía escuchar.
—No quiero que te vayas, no quiero que lo hagas, Victoria —le pedía, suplicios que a Victoria le dejaban un hueco en el corazón.
—Estoy contigo,...