Chapter 6 ¿Su Esposa?

Chapter 6 ¿Su Esposa?

Rashid conducía a su compañía. Odiaba el terrible tráfico que siempre se hacía cada vez que iba de camino al trabajo y mucho más en la mañana. Era normal en la ciudad. Algo a lo que él, no se acostumbraba.

Por supuesto debido a eso ya se sentía malhumorado y furioso, era de los que siempre llegaba de forma puntual a la compañía, pero ahora lamentablemente llegaría tarde a una reunión importante que tenía con unos socios.

Después del molesto tráfico, por fin había llegado al parking subterráneo de la compañía. Y pronto apareció en su camino la asistente, la mujer tenía unos ojos muy expresivos, dando la impresión de que siempre andaba muy asustadiza. Aunque siendo así, no era para menos tomando en cuenta el tipo de jefe que tenía la pobre.

—Señor, aquí tengo todo lo que me ha pedido y también su itinerario, si necesita otra cosa...

—Candace, ahora mismo quiero un café bien cargado por favor, y dile a Mariola que no podré reunirme con ella como habíamos acordado, que lo siento mucho pero tengo demasiado trabajo.

—¿De verdad? Digo, Mariola es tan... —fingió escalofríos en todo el cuerpo porque, para la asistente la tal Mariola era una mujer muy apabullante.

—Sí, es una orden. Solo haz lo que te estoy mandando a hacer, sin objeción, ¿vale? —declaró, a lo que ella asintió.

—Sí señor, ahora mismo iré por su café, con permiso.

De ese modo se retiró, caminando con premura. En cuanto el magnate puso un pie delante de los demás empleados, estos se centraron en su trabajo solamente y dejaron el parloteo. Todos sin excepción alguna tenían cierto pavor hacia el árabe y sus exigencias. Así que lo mejor era evitar aquel carácter tan rudo y prepotente.

Saludó robótico en general y fue correspondido de forma temerosa por los presentes, entonces se marchó a su despacho con prontitud para echarle un vistazo a algunos papeles dispersos sobre su escritorio.

También debía contactar a su abogado y platicarle sobre el pequeño inconveniente qué surgió de aquellos terrenos, una compra que le había traído un embrollo esos días. Eso sumado al hecho de que dos días atrás recibió la denuncia de una mujer afirmando que él había querido abusar sexualmente de ella.

Por supuesto que nada de eso era cierto, era una tremenda mentira pero al tratarse de un hombre tan poderoso y con una imagen que no podía dañarse ni caerse, tenía que andar con mis ojos y arreglar las cosas lo antes posible. Buscaba ese dinero de su parte, algo que claramente iba a conseguir porque el árabe no iba a permitir que la mujer llevara cabo su mala intención hacia los medios de comunicación, algo que podía dañarlo.

Alguien tocó la puerta y lo llamó, se trataba de la secretaría Anastasia, la tercera chica que ocupaba el puesto en esa semana y de seguro sería despedida una vez llegado el viernes. ¿Es que era tan difícil conseguir a una persona competente y que acatara todas las normas?

La única era Candace, ella siempre lograba hacer todo lo que le pedía. Por eso había conservado el puesto por todos esos años. Aunque al principio también había sido una de esas chicas un poco inútiles, con el trajín de un lado al otro decidió darle la oportunidad, que meterse en el aprieto de andar en busca de otra.

El millonario alzó los ojos, conectó con ella y la mujer que parecía a cada rato tener la intención de seducirle, se aproximó con las carpetas que había pedido y lo dejó todo sobre su escritorio.

—¿Se le ofrece algo más señor Ansarifard? —preguntaba con ese tono lento y coqueto.

—No, vete.

—¿Quiere que le prepare un café bien cargado como le gusta?

—¿Qué parte de vete no has entendido Anastasia? Sal de aquí —demandó dejándose caer sobre su asiento giratorio.

—Entendido, con permiso.

Bufó, volvió a clavar los ojos en la portátil en dónde tecleó un rato mientras solucionaba en su cabeza como demonios iba a hacer frente al escándalo que se avecinaba. Podía darle dinero a esa mujer para que guardara silencio y dejara de soltar tanto veneno y de mentir. De inmediato se puso en contacto con su abogado, ya que no se aparecía por allí.

—Salvatore, dime qué ya tienes todo resuelto —expulsó, acariciándose la frente.

—Hablé con la mujer, estas son calumnias muy graves, Rashid, y no, no quiere tu dinero. Alguien está detrás de todo esto estoy seguro de que te odia y quiere verte acabado, por eso esta mujer no está interesada en recibir dinero a cambio del silencio.

Maldijo.

—¡No es cierto! —rugió y y se levantó de su asiento entonces, lo primero que encontró para romper acabó hecho añicos sobre el suelo de su oficina.

—Debes calmarte, aún podemos hacer algo, si no vamos a llegar a nada haciendo las cosas de forma correcta tendremos que elegir la otra opción.

—¿Me estás diciendo que...

—A como de lugar, debemos hacer que esa mujer no abra la boca.

—Salvatore, no quiero más problemas, ya lo sabes.

—Bien, está en juego tu imagen, es importante que tomes la decisión que te salve a ti, lo demás se puede ir a la mierda.

—Haz lo que debas hacer, pero no quiero qué mi nombre aparezca, ¿de acuerdo?

—Rashid, tú tranquilo, me encargaré de borrar sobre la faz de la tierra a esa mujer, y tú no tendrás nada que ver. Sigue trabajando.

—Bien, gracias Salvatore, estamos en contacto.

Colgó la llamada y volvió a sentarse en su silla de cuero cómoda.

No podia creer que otra vez su prestigio e imagen se veian salpicados por toda esa habladuria tonta, que no tenía ningún sentido. No importa cuánto se cuidara de la prensa, porque esta de alguna manera siempre queria sacar algo, ahora esta mujer, inventando aquel revuelo. Se tapó la cara y trató de no perder la cabeza. No, no perdería la cabeza por esa estupidez.

...

Por la tarde Rashid supo que Victoria estaba otra vez en el hospital, y tras su salida de la compañía, decidió ir a verle.

Ella se sorprendió de encontrarlo ahí. Y no, no era una coincidencia.

—Rashid —expresó en medio del pasillo del hospital. ¿Acaso la había estado siguiendo?

El hombre, que venía aún trajeado, sin decir una sola palabra ante su saludo sorpresivo, la cogió de la mano para dirigirse a un asiento. Victoria sintió como una especie de electricidad la recorría a través de sus dedos mientras él le sostenía la mano en la suya. Pero omitió el efecto por el simple hecho de parecerle ridículo e inaceptable.

—¿Por qué estás aquí? Deberías dejarme tranquila, no soy una niña pequeña y sé perfectamente lo que debo hacer.

—Al parecer has olvidado cada palabra que te dije, entiende Victoria qué tienes dentro de ti a mi hijo y debo velar por tu seguridad.

—Es justo eso lo que detesto, que me trates como si fuera una chiquilla y no me va a pasar nada por tomar un taxi, de hecho mírame aquí estoy sana y salva.

—No te estoy tratando como una niña. Sin embargo tú te estás comportando como tal. Solo quiero que estés bien y si te digo que alguien irá por ti, debes subirte al auto sin rechistar. Has firmado un contrato, y no debes incumplirlo o vas a ver las consecuencias.

—¿Y ahora me estás amenazando, Rashid?

—No, te advierto, es una advertencia Victoria —resopló.

—Ya lo creo —soltó una risa sin ganas de más.

—¿Has venido hasta aquí solo para visitar a tu mamá o ya te has adelantado y hablaste con alguno de aquí para hacerte la ecografía?

—He venido por mamá solamente.

—¿Qué ha salido en el resultado del test?

—Sinceramente no sé por qué razón me haces esa pregunta a sabiendas de la respuesta. Claramente ha salido un positivo. —rodó los ojos.

—No me cabe la menor duda de que ha sido así, con tu histeria y mal humor me queda confirmado.

—¿Ahora me estás llamando gruñona? —resopló.

—Sí, eso hago. Estás malhumorada.

—Al menos tengo un motivo y tú no. Puede que esté enfadada y de pronto solo quiero llorar sin parar, pero se trata de las hormonas. En cambio tú eres un...

Sin verlo venir el hombre se inclinó a ella y estampó sus labios contra los suyos. El beso inesperado al que no correspondió por solo una milésima de segundos, luego se fundió en el y continuó con el baile en conjunto sin saber por qué lo igualaba de esa manera, ni esa necesidad desesperada por continuar haciéndolo.

¡Dios mío! Estaban en medio de la sala de espera en un hospital, pudiendo ser visto por algún tercero que la conociera o no, de todos modos no podían estar haciendo eso en un lugar así. Ese motivo no fue por el que se separó sino la necesidad urgente de conseguir el aire que se fue de sus pulmones.

—¿Por qué me has besado?

—¿Se te ha pasado el enojo? —respondió con otra pregunta a lo que ella simplemente se limitó a asentir con la cabeza completamente confundida —. Eso es lo importante, ya no estás enojada conmigo.

Al fin reaccionó ante sus palabras y puso mala cara.

—Te equivocas. Ahora estoy más enfadada contigo no tienes derecho sobre mí para besarme cuando te dé la gana.

—No es cierto. Me has correspondido de inmediato y apuesto a que lo has disfrutado al igual que yo.

—No vuelvas a hacerlo.

—Señor y señora Ansarifard.

El llamado de aquella voz femenina dulce y amable la hizo alzar la cabeza y quedarse viendo a la doctora, mientras fruncía el ceño. Tragó con dureza. ¿Señora Ansarifard? Ya ese árabe se había pasado el límite.

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