Maldijo en voz baja cuando recordó la visita que le prometió a su madre. No creía como era posible olvidar ir hasta el hospital. Pero con tantas cosas en la cabeza era normal que eso le sucediera. No se lo perdonaría sí faltaba ese día. Así que le dejó un mensaje y le prometió ir lo antes posible.
Su madre no era de usar mucho el móvil, pero si respondía a los textos cuando se trataba de su hija.
Y pronto obtuvo una contesta de su parte.
Mamá: Cielo, tranquila. Ven cuando puedas, me siento mejor. Aunque si vienes será mejor aún. Te quiero.
Victoria: Por supuesto que iré, mamá. Estaré allá antes de que llegue la noche.
Dejó el teléfono en el mesón y se fue a dar una ducha. Pero con la llegada de otro mensaje se detuvo en medio del camino y volvió hasta la cocina para tomar el aparato y ver lo que le había puesto su madre.
No tenía ningún mensaje. Así que le dejó un último texto diciéndole que de pronto sentía unas enormes ganas de devorar chocolates, también le prometió que le llevaría algunos bombones.
Después de eso retornó al baño y empezó a ducharse. Al cabo de un rato había terminado y pudo empezar a vestirse para salir. Por supuesto no se olvidó de ponerle comida y agua al gato.
Cuando estaba en medio de la sala peinándose el cabello al tiempo que vigilaba que no fuera a quemarse las tostadas, sonó el timbre de su casa. Nunca tenía visitas, ni amigos que fueran a verla, tampoco creía que se trataba de algún vecino puesto que esas personas para ella seguían siendo unos completos desconocidos. Se asomó por la mirilla de la puerta. Para su sorpresa encontró a un tipo de esos uniformados que hacen entregas. Lo más probable era que se habría equivocado de casa, porque ella no había pedido nada siquiera una pizza por delivery. Bueno, eso tampoco tenía pinta de ser una pizza.
¿Qué podría ser entonces? No tenía idea de nada.
Decidió abrir, aunque recelosa.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola, trabajo haciendo entregas y vine a traerle esto, es un regalo de parte del señor Ansarifard, su prometido.
Se contuvo de poner los ojos en blanco. Aún no aclaraba ese asunto con Rashid. No podía pretender llevar las cosas bajo perfil cuando ahora pronunciaba ser su prometido y ella su prometida.
La verdad que no comprendía su forma de actuar.
—Vale. ¿Qué es esto?
—Son chocolates suizos, tenga. Que pase feliz día.
—Lo dudo, gracias.
Volvió al interior de la vivienda y cerró la puerta. ¿Es que habían cámaras y ella no se había dado cuenta? No, peor aún, ¿Alguien rastreaba sus mensajes? ¿Lo hacía?
Tomó su teléfono y averiguó sobre el texto. Entonces se llevó una mano a la boca al descubrir que le había enviado el mensaje al Árabe y no a su madre. Así que él por eso le envío los chocolates y probablemente ya estaba hecho a la idea de que era un antojo y sabía de su embarazo.
—Vale, lo que faltaba.
Lo llamó.
—Victoria, No me digas que no te gustan los chocolates suizos, porque son una delicia.
—Sabes que me equivoqué, no debiste comprarme esos chocolates tan costosos. Es decir, el texto era para mi madre y no para ti.
—¿Crees que no lo sé? Pero ahora oficialmente eres la madre de mi hijo y debo cuidarte. Si tienes un antojo, entonces lo saciaré.
—¿Cómo lo sabes?
—Me mantienen al tanto, se te ha visto entrar a la farmacia y luego salir con una pequeña bolsa. Además el dependiente informó sobre lo que compraste. No hubieras ido a comprar una prueba de embarazo, ambos sabemos que desde que estuvimos juntos esto pasaría y estoy satisfecho con ello. Siendo así, iremos al doctor, yo iré también, y una vez allí vamos a definir algunas reglas.
—¿Más reglas?
—Sí, Victoria. Creí que ya lo habías comprendido. Ahora tienes una vida que debes cuidar, mi hijo. Y te guste o no, debes acatar mis normas.
Antes de que le acabara con la llamada, fue ella quién le colgó enfadada por todo lo que estaba pasando. No importa lo molesta que estaba aún así terminó comiéndose media caja de bombón. Pero luego su estómago se revolvió y acabó expulsando todo por el retrete. Otra vez volvía a sentirse indispuesta y con ese terrible mareo sacudiendo su cuerpo, no quería volver a pasar por un mal momento pero debía ser consciente de que apenas era el principio de lo que se venía.
Definitivamente embarazarse no habría sido una elección propia suya. Porque solamente estaba embarazada por ese contrato. Sin perder más tiempo trató de verse bien y de no dar esa impresión de estar muy pálida o enferma porque su madre no tardaría en darse cuenta de su estado tan diferente. Una vez estuvo lista salió de casa y tomó un taxi rumbo hacia el hospital. Aunque realmente también hizo una parada en una pastelería para comprar los chocolates que le prometió a su madre.
Pero al bajar del auto amarillo notó que un carro se detuvo detrás del taxi y de inmediato supo que se trataba de uno de los hombres del árabe. Lo que faltaba, tener vigilancia todo el tiempo.
Le pagó el taxista y se encaminó con dirección hacia el interior del hospital sin hacer aspavimentos hacia que el auto del que ya tenía conocimiento. Volver a ver a su madre siempre traía un impacto positivo en ella sentía que su día cambiaba por completo, no importa lo mal que fuera siempre a su par lograba sentirse a gusto y tranquila. La abrazó con cariño.
—Mamá, mira, lo que te traje. Pero come con moderación, por favor.
—Lo intentaré.
La muchacha negó con la cabeza sabía lo mucho que su madre le gustaba comer chocolates. Solo que con tantas reglas y la dieta equilibrada ordenada por el doctor, debía ser muy precavida a la hora de que comer y que no.
—Vale, mamá estoy a punto de hablar con el doctor para ver si hay alguna posibilidad de que vuelvas a casa.
—Yo también extraño mi hogar, pero aquí también se me trata muy bien y si el doctor decide que me quede otros días aquí, no debemos llevarle la contraria ellos saben lo que hacen.
—Lo sé, de todos modos voy a preguntarle.
Su madre asintió con la cabeza y luego se le quedó mirando sobre todo clavó los ojos en su rostro mirando de forma profunda como si estuviera estudiando sus facciones y esa expresión distinta que tenía. Victoria empezó a sentir los nervios a flor de piel, su madre no era tonta y podría darse cuenta de lo que ocurría.
—¿Qué?
—Estás radiante, diferente, ¿Has estado alimentándote con muchas calorías estos días?
—¿Por qué dices eso mamá?
Sí bien su madre no era de las personas que siempre estaba pendiente de lo que se llevaba a la boca o de lo que podría engordar como ciertos alimentos, siempre le había educado a su hija para que se alimentara de forma correcta y se mantuviera siempre saludable. Victoria no era de esas personas que comía sin parar, pero repetía un segundo plato y Julia evidenciaba el gran cambio que tenía su hija en ese momento, había ganado peso y eso no solo se notaba en sus mofletes.
—Estás más rellenita, y me parece que luces incluso más hermosa de lo que ya eres, pero sabes que no debes comer mucho. Lo necesario sí.
—¿Crees que no se consciente de ello mamá? Yo solo estoy comiendo lo de siempre, bueno, uno que otro postre también puede que por eso he ganado más peso. Pero no estoy gorda mamá. —añadió con los ojos de par en par a lo que su madre sonrió y le acarició la mejilla.
—No. Tú no estás gorda, eres la joven más hermosa de esta tierra, perfecta. Así que olvida lo que te dije, solo quiero que esté saludable.
—Tal vez deba hacer ejercicio, pero sabes que me da flojera, es decir, un día me trazo qué haré eso al día siguiente y luego me da fatiga, mamá.
—Haz un esfuerzo, de todos modos, si te sientes bien contigo misma no tienes por qué... Aunque el ejercicio no solo es para estar en forma. Mírame a mí, ni siquiera puedo hacerlo, no tengo las fuerzas suficientes para levantarme y hacer lo que más quisiera en esta vida.
—Mamita, esto solo es un mal rato ya vas a ver que pronto las cosas van a cambiar y volverás a tener la misma fuerza incluso más de la que tenías antes. Y deja que te diga que eres una mujer fuerte, yo en tu lugar no sabría qué hacer, sin embargo, siempre mantienes una sonrisa en el rostro y el ánimo arriba —confesó.
—Eso también quiero. Mira, extraño tener el pelo largo, se que me veo terrible. No me mientas.
—No es cierto, además es por el tratamiento y debes tener siempre presente que la belleza interior es lo más importante incluso si tú eres una mujer muy hermosa, mamá. Cuando todo esto pase volverás a tener todo ese precioso cabello qué ahora no.
A Julia se le llenaron los ojos de lágrimas y por unos segundos se cubrió el rostro. Victoria sintió como el nudo en la garganta le apretaba cada vez con más fuerza y como su corazón dentro de su pecho latía y se destrozaba con cada palabra que emitía su progenitora. No era fácil para nadie vivir sentir y luchar en aquellas circunstancias tan adversas, una enorme bola curva que le ponía la vida, esa prueba que juntas podrían pasar y luego seguir adelante.
Su madre era muy joven para dejar el mundo y tenía muchas ganas de vivir, no era justo que las cosas no salieron como querían, pero hasta el momento el tratamiento funcionaba. Y eso era más que un rayo de esperanza.