Nohemi parecía estar otra vez en ese fuego. Todos sus desesperados gritos de auxilio se consumían en las llamas.
—¡No! ¡Ayuda! ¡Ayuda!
Estaba empapada en sudor. Movía las manos como una niña indefensa.
Olalla la sujetó rápidamente de la mano y, con compasión, le dijo:
—Nohemi, está bien. Está bien. Estoy aquí. No tengas miedo.
Aunque no sabía qué había sufrido Nohemi en los últimos cinco años, el incendio de hace cinco años era conocido por toda Madrid.
Nadie podía salir de esa pesadilla.
Había escuchado que el fuego lo quemó todo. Las llamas ardieron durante varias horas.
—¡Me duele! ¡Me duele mucho! ¡Ayuda! ¡Me voy a morir de dolor!...