Mi estómago cruje, así que me despierto. Todos estaban despiertos hablando animadamente, menos Ricardo. Este estaba leyendo una revista de finanzas cuando nota que estoy despierta, me mira y sonríe.
—Tengo hambre, cariño.
—Eso es un milagro, preciosa. Déjame pedir algo de comer. ¿Supongo que todos van a almorzar? —pregunta, viendo a los demás. Por supuesto, todos querían comer, no habíamos ingerido nada desde que Ricky hizo la cena en la casa de la playa.
Las azafatas nos atienden de maravilla y descubro que llevamos tres horas de viaje. Aún faltaban dos horas y media si el tiempo se mantenía así de bueno.
La comida estaba deliciosa, mucho más de...