Nuevamente me encontraba en la clínica. Ya había pasado un mes desde que nació la pequeña Ámbar. Estaba comiendo en cantidades y se recuperaba de manera rápida. Tenía más ánimos y sus llantos se escuchaban más fuertes. La piel estaba bastante recuperada y sus pestañas habían comenzado a crecer. Era realmente hermosa, una digna hija de su padre.
Había acordado con el personal de la clínica que alquilara una habitación para poder descansar un rato. Trabajaba desde aquí, mientras mi hermano se encargaba de todo lo referente a la oficina. Por supuesto, las decisiones importantes y los negocios las hacía yo.
Cada día me sentía más apegado a la pequeña...