Isabella se despierta en una habitación desconocida, con una sensación de confusión abrumadora. Sus pensamientos están nublados, incapaz de recordar con claridad lo que ha sucedido en las últimas cuarenta y ocho horas. Lo único que puede afirmar con certeza es que ha estado en un estado de sedación, consciente de que se ha negado a tomar sus medicamentos y a comer, una preocupante señal de su desesperación.
A medida que su mente se aclara gradualmente, Isabella nota que sus manos están esposadas, inmovilizadas contra su voluntad. Esta situación la llena de furia e impotencia. El sonido de sus gritos desgarradores llena la habitación mientras intenta en vano liberarse de...