A pesar del enorme tamaño de su vientre y la abrumadora fatiga que la embargaba, Isabella se vio obligada a dirigirse al hospital, donde su madre, Aurora, la acompañó en todo momento.
En medio de su estancia, una oleada de dicha recorrió su ser al escuchar el rítmico latir de los corazones de sus tres tesoros internos y al experimentar los suaves movimientos que se manifestaban en su interior. La sensación resultaba asombrosa, casi mágica, y le encantaría permanecer junto a ellos eternamente. No obstante, era consciente de que su tiempo era limitado y anhelaba con fervor la posibilidad de contemplar al menos una vez el rostro de sus ansiados...