—No quiero arruinar mi ropa interior —respondió Humberto.
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—¿Por qué siempre me traes al bosque? —Me reí y miré a Humberto.
Caminábamos más profundo en el bosque, alejándonos del lugar donde había aparcado su coche. Mi mano estaba firmemente entrelazada con la suya, y no tenía ninguna prisa por soltarlo, y por lo que veía, él tampoco. Sentía pequeñas descargas eléctricas subiendo y bajando por mi brazo, y una extraña sensación de tranquilidad por el simple contacto de piel con piel.
—A la gente no le gustaría verme transformarme en un lobo plateado a plena luz del día, créeme —Humberto se rió mientras me miraba fijamente.
Mentalmente me di...