Lágrimas gruesas rodaban por las mejillas de mi madre, y no pude evitar soltar una carcajada. Sabía que iba a culpar a sus hormonas del embarazo por su reacción.
—Malditas hormonas. No puedo hacer nada sin llorar últimamente —dijo mientras se secaba el rostro con una sonrisa maternal que me trajo un alud de recuerdos.
La observé con más atención, su vientre de cinco meses y su piel resplandeciente.
—Te ves bien.
Se sonrojó y se rió con mi cumplido.
—No te vas a librar del castigo esta vez, Humberto.
—Pero estoy todo herido —hice un puchero—. ¿No sabías que unos rebeldes me atacaron? Soy un pobre bebé.
Se rió...