Tan pronto como estuvimos fuera de la puerta, Humberto me tomó en sus brazos y selló sus labios con los míos. Yo correspondí su beso con la misma intensidad, nuestros labios moviéndose desesperadamente uno contra el otro. Me aferré a sus bíceps cubiertos por la chaqueta mientras sus brazos se cerraban alrededor de mi cintura. Mi cuerpo estaba contra el suyo, mis suaves curvas se mezclaban con sus duras líneas.
—Te ves hermosa —su voz sonó ronca y profunda. Miré en sus ojos, que ahora habían cambiado de color y se habían tornado negros. Un rubor subió por mis mejillas y le sonreí.
—Y nada de travesuras —la voz de...