—Bueno, si mi compañero hubiera sido tan imbécil como el tuyo, habría perdido la cabeza por los celos.
—Dime una cosa —dije, tirando de la mano de Humberto para que redujera la velocidad mientras íbamos hacia la reunión de la manada.
—¿Qué? —preguntó distraído, acercando mi cuerpo al suyo.
—Anoche me dijiste que cuando nos aceptáramos como compañeros, la energía nos permitiría sentir la alegría de cada lobo de la manada y que ellos también lo sabrían, que su manada tendría a su futura Luna —Humberto asintió y yo respiré hondo antes de continuar—. Entonces, ya saben que has aceptado a alguien como compañera. ¿No atarán cabos cuando me vean...