—¿Hay algún problema si creo en las almas gemelas?
Evira se rió. —Bueno, claro. Tienes una forma curiosa de demostrarlo: acostándote con todas las chicas del pueblo y teniendo aventuras de una noche todo el tiempo.
Humberto me apretó la mano y yo inhalé bruscamente al sentir el dolor que subió por mi brazo.
—Como la vez en que me dejaste por la mañana, después de haber tenido sexo conmigo. Podrías haber dicho adiós, ¿sabes? —puchereó Evira.
Mamá se quedó boquiabierta y las fosas nasales de papá se dilataron de ira. Me pálidecí ante sus palabras y miré a Evira con asombro. Era como si estuviera intentando provocar a Humberto,...