No podía evitar pensar en qué estaríamos haciendo si Humberto estuviera aquí, conmigo, y todo estuviera bien entre nosotros. Habríamos bailado toda la noche, o hasta que nos dolieran los pies. Bueno, yo habría bailado, Humberto se habría quedado quieto como un poste, mirándome girar a su alrededor. Habríamos bebido muchísimo, advirtiéndonos de antemano sobre la terrible resaca que nos esperaba a la mañana siguiente. Habríamos probado todo tipo de tragos y, gracias a sus locos genes de hombre lobo, él todavía estaría lo suficientemente sobrio como para cuidarme y sostenerme el cabello mientras yo vomitaba hasta el alma en el inodoro. Habríamos hecho un montón de recuerdos, riéndonos de...