—¿Hola, Zenaida? ¿Estás bien?
Era como si el vínculo supiera exactamente lo que planeaba hacer, porque en cuanto salí de los territorios de la manada, el malestar en mi cuerpo se transformó en un dolor punzante en el pecho. No era un dolor insoportable, pero sí lo suficientemente fuerte como para distraerme.
Todo lo que quería hacer era dar la vuelta y correr directo a los brazos de Humberto. Había una voz dentro de mí que suplicaba que regresara con él.
Conforme la distancia entre casa y yo aumentaba, empecé a sentirme enferma de nostalgia. Tan enferma como nunca antes. Las imágenes de mis padres y de Roque cruzaron por...