Reese me mira con una sonrisa irónica. —Ve el lado positivo, vas a estirar las piernas —dice, intentando hacerme reír.
Miro de reojo a mi esposo y le dedico una mueca de disgusto, aún molestada por la perspectiva de tener que caminar por el bosque. Apoyo mi frente contra el vidrio de la ventana y miro hacia afuera, observando a las personas que atraviesan la frontera.
—¿Son de los nuestros? —pregunto, curiosa sobre la identidad de aquellos individuos.
Reese niega con la cabeza. —No, recuerda que nuestra reserva se ha reducido bastante y esto ha dado paso a que muchos humanos tomen los asentamientos abandonados —explica—. Pero al no contar...