¿Y ahora qué?
Tiemblo frente al enorme fuego rugiente, atrapada en un estado de ensueño surrealista en la gran chimenea de la habitación donde Mateo me dejó al traerme a la casa de su manada. Tengo una manta sobre los hombros como único velo de modestia mientras él va a buscar ropa.
Estoy acurrucada en el sillón de la esquina, fuera del camino, mientras algunos de los miembros de su manada se pasean por la sala frente a las llamas, discutiendo en silencio. Están tensos, agitados; el aire está cargado del olor a testosterona, sangre y furia, y más miembros regresan minuto a minuto para reunirse en esta casa. Obviamente,...