Eres mío
Mateo no se rinde, me sigue de cerca, implacable en su persecución, y casi me sofoca con su proximidad. Esta vez me agarra del brazo, aprieta con fuerza, y me detiene de golpe mientras intento entrar, girándome hacia él, así que no tengo más remedio que enfrentarme. Me tensé, el cuerpo se vuelve rígido en modo defensa, y mis ojos brillan en rojo, lista para luchar y liberarme.
—¡Háblame! —me ordena, pero eso solo enciende esa feroz ira interior que odia cuando intenta obligarme a hacer algo.
—Basta. Suéltame. No quiero hablar contigo. Es inútil y ya está. Fuiste un idiota, y me rompiste, nos rompiste, y ahora...