Vanka
—Lo siento —es lo único que puedo balbucear mientras toso sangre y tiemblo con el esfuerzo, demasiado consumida por la fatiga como para hacer algo más. Mateo ahoga un sollozo, arruga el rostro y me sostiene cerca. Me recoge con la mayor delicadeza posible, apretándome suavemente contra él, y su propio dolor por verme así se filtra en mí, pesándome diez veces más. Compartimos nuestra agonía, y siento cómo su corazón se destroza por mí. La devastación que lo atraviesa por lo que está viendo.
—Tienes que transformarte, por favor. Es la única manera de que sobrevivas a estas heridas. Transfórmate por mí. No te rindas. No me dejes,...