Violeta sonrió levemente. Esa sonrisa era la pesadilla recurrente de los escasos recuerdos de la infancia de Nicolás.
—Ven, dame tu mano —dijo extendiendo la suya. Las uñas, perfectamente arregladas, estaban pintadas de rosa y decoradas con gemas que brillaban con una luz fría, como si fueran una advertencia que perforaba los ojos de Nicolás.
Con las manos temblorosas, Nicolás extendió la suya, y Violeta la sostuvo firmemente antes de llevárselo.
—Supongo que está asustado de que no tengas tiempo para jugar con él después de que nos casemos —dijo Violeta mientras sostenía su mano y miraba a Gaspar con una expresión gentil y comprensiva—. Se calmó solo después de...